El TC no debe ser así

El TC no debe ser así

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No era el final que merecía el heptacampeón de una categoría con tanta historia como el TC, aunque si fue un final lógico para una temporada donde lo vergonzoso fue la constante del año.

Si, Guillermo Ortelli es el campeón del Turismo Carretera. El piloto de Salto hizo su parte y al llegar segundo ganó su séptima corona. Pero no lo pudo festejar sobre el auto, para gritar su desahogo debió terminar de rezar el padre nuestro a los pies del podio y esperar que el cronometraje confirmara la posición final de Matías Rossi, quien si ya había festejado sobre su auto. Lamentable. No era el final que merecía el heptacampeón de una categoría con tanta historia como el TC. Mucha historia, si… pero a esta altura me permito preguntar qué clase de historia.
 
Fue un final lógico para una temporada vergonzosa. O acaso no es bochornoso que su campeón reinante, Omar Martínez, se quede afuera de las pistas por cuatro fechas luego de comprobarse una anomalía técnica. O que técnicos de otros equipos también sean suspendidos por no ‘acomodar’ sus autos al reglamento, autos que ya corrían este certamen. O que nunca se haya conocido oficialmente la falta técnica por la que fue sancionado el Gurí. O que el técnico que descubrió esa trampa realizada (Alejandro Solga) sea removido de su cargo sin ninguna explicación oficial. O que quien clasificaba detrás del puesto 30 en varias carreras de golpe se metía entre los cinco mejores de una clasificación o hasta hacía la pole, para volver a las posiciones habituales una fecha después, o en esa misma fecha al momento de correr.
 
Y este fin de semana en el Mouras de La Plata fue la muestra de esto. Dudas, suspicacias y más dudas. Difícil no pensar en las 412/1000 que le hizo Mazzacane a todos el sábado; en que no funcionó el cronometraje en el momento más crítico del año; en que uno le pegó al otro a 300 metros de la llegada; en que el campeón es uno, que el campeón es otro; en que se va a denunciar en la técnica a una veintena de autos. Difícil, muy difícil. Como sucede muy a menudo en el maravilloso mundo del TC, todo queda cubierto por ese manto de dudas tan teceista. 
 
Y entonces es lógico que abunden las acusaciones cruzadas, que muchos duden de los resultados de las carreras, de los resultados de los campeonatos. El anterior por un motor “de otra categoría”, este por caótico y así seguimos sumando capítulos. Justificando y aceptando lo que no debería aceptarse. Porque la frase que sigue a cualquiera de esos razonamientos es: “EL TC ES ASI”. Me pregunto si “ASI” es  legitimar el caos. Reconocer que el espectáculo y el negocio está por sobre todo lo demás. Y qué es lo demás: el deporte, el automovilismo.
 
Así fue la gran definición de La Plata. Un final que no fue final. Porque hasta en la televisación oficial se pedía calma mientras unos gritaban Rossi campeón y otros decían que había que esperar. 
 
Puede pasar que el cronometraje de una carrera sufra problemas, para eso están los sistemas alternativos, pasando de los electrónicos hasta llegar al lápiz y el papel. Puede pasar que un piloto se equivoque en una maniobra, pero uno no puede dejar de preguntarse qué habrá pasado por la cabeza de Werner al intentar la maniobra realizada sobre Rossi, y no encuentra respuesta. Porque si lo pasaba no era campeón, entonces por qué arriesgar semejante maniobra. Para qué poner en riesgo su auto y su prestigio. Todos sabemos que por ahí no lo pasaba ni con la venia de Rossi. 
 
Entonces las preguntas y respuestas se tornan incoherentes, porque hasta el propio Rossi queda embebido en la discusión, al ser acusado de no pensar en el título y pretender contener a Werner sólo por una carrera. Es decir, el espíritu deportivo queda archivado.
 
¿Un ejemplo? Nico Rosberg se consagró campeón de F1 una semana antes, lo hizo siendo pensante, timorato y sabiendo que si se metía en la refriega con Lewis Hamilton podía perder todo ante una maniobra agresiva del británico. El alemán paseó la mayor parte del GP detrás de su compañero (salvo cuando superó a Verstappen), logró su objetivo y al día siguiente mandó un mensaje claro: se retiró. No quiso ser leyenda, no quiso ser héroe. 
 
A mi forma de ver, Matías Rossi no quiso repetir la teoría y quiso ganar el título como lo había hecho su archirrival, Agustín Canapino, aquel mismo fin de semana de la consagración de Rosberg, pero esta vez en el Oscar Cabalén y en la definición del STC2000. El Titán sólo debía esperar a que Rossi no hiciera la pole, pero Canapino fue e hizo su pole, la del título, la que le demostraba a todos que él era el verdadero campeón.
 
El prestigio del automovilismo se construyó con un costo alto, con maniobras gloriosas, con nombres que traspasaron la historia, con héroes que manejaban como el viento sobre una pista. 
 
Lamentablemente hoy todo cambió y quienes le ganan al viento están debajo de los autos, ya no encima, y nosotros no podemos legitimar esto. No podemos aceptar que el “TC FUE Y ES ASÍ”.
 

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