Qué se siente ir de acompañante de Traverso

Previo a los 200 Km de BsAs, Traverso giró en el circuito N° 8 del Gálvez con el Peugeot 408. Una experiencia única contada en 1a persona. Mirá el video.

Hay momentos que quedan grabados para toda la vida. Y particularmente viví una situación única, privilegiada, al acompañar a Juan María Traverso en su regreso a las pistas. Fue en la previa a los 200 Kilómetros de Buenos Aires. El Peugeot 408 de Matías Muñoz Marchesi, que el fin de semana compartió con Matías Rodríguez, fue adaptado para la ocasión, ya que el equipo DTA le agregó la butaca del acompañante.

Allí tuve el inmenso honor de subirme a ese vehículo, donde todos los presentes en el autódromo Oscar y Juan Gálvez habían posados los ojos. Es que al volante estaba ni más ni menos que el Flaco. El gran campeón, el de las grandes epopeyas automovilísticas, el dueño de los récords, quien ostenta la mayor cantidad de marcas en esta categoría, cuando se denominaba TC2000.

Ya en plena conferencia de prensa en el espacio Peugeot, en el primer piso, me invitaron a calzarme un buzo antiflama que no era el más cómodo, por cierto, ya que no estaba diseñado para un físico de 1m92. Pero el entusiasmo podía más que con cualquier incomodidad. Y allí salí, con tironeos por todos lados, con los puños de las botamangas que se subían a cada paso, pero con una amplia sonrisa por lo que se venía.

 


Ya en el box de Peugeot, la llegada de Traverso fue, como en sus mejores épocas, acompañado de la prensa, de curiosos y de amigos que conformaban el clásico tumulto que rodea a las grandes figuras. A esa misma hora grabábamos el programa de Carburando, por lo que cedí mi turno al ganador de un sorteo para luego poder contar la experiencia al aire.

El Peugeot rugió y salió a fondo a dar apenas una vuelta rápida, y de inmediato llegaba mi turno. Justo en el instante que el 408 dejaba la pista para meterse en la calle de boxes, nuestro equipo sufrió un accidente. El camarógrafo “Reimon” Pérez se cayó de un mangrullo en la recta principal y fue atendido por el personal de primeros auxilios. En medio del asombro y la preocupación por el incidente, la puerta derecha del Peugeot ya estaba abierta para comenzar esta experiencia inolvidable.

Con Pérez dolorido pero en condiciones, arrancó el mayo trabajo de la tarde: poder entrar a ese diminuto espacio para el improvisado acompañante. Primero una pierna, luego tratar de pasar la cabeza por donde los caños parecen complotarse con uno, el buzo que limita aún más aun físico limitado y una acción que habrá sido desopilante para quienes la observaban.

Una vez que ese 1m92 se desparramó en la butaca derecha, se escucha: “No te preocupes que el problema no es nuestro. Es de Muñoz Marchesi que el domingo va a querer largar la carrera y nosotros vamos a seguir acá porque nadie nos va a poder sacar de este auto”.

La voz de Traverso con una de sus clásicas ocurrencias, como para distender un poco el trabajo de los mecánicos, que una vez que vieron que ya estaba acomodándome en la angosta butaca (claramente no era para mi cadera), se venía otro desafío: ajustar los cinturones.

A pura fuerza, tratando de insertarme todo lo que podía en una butaca que parecía expulsarme permanentemente, los cinturones se acoplaron, vaya a saber gracias a qué fuerza divina, y allí parecía estar todo en condiciones para salir a pista.

“Flaco, ¿vas a acelerarlo?”, fue la primera pregunta para ya meternos en lo importante. “Noooo, voy a ir despacio. ¿Cómo querés que vaya rápido si ya no veo ni escucho?”, fue la tajante respuesta de Traverso, que no bien recibió el OK de los colaboradores y le cerraron la puerta, salió a fondo desacreditando lo que había pronunciado 5 segundos antes. “No me vas a pegar codazos que los dos entramos de pedo acá”, gritó mientras el ruido del motor comenzaba a sentirse.

Y así fue. El circuito N° 8 a fondo. Metiéndose adentro para salir bien armado tras la primera curva, muy meticuloso en la Confitería y luego a fondo rumbo a Ascari. Para mí, ése era el lugar que iba a confirmar lo que había dicho o lo que estaba concretando. Y, efectivamente, siguió fiel a su estilo.

A pura muñeca y con los dos pies en el aire, el derecho sobre el acelerador y el izquierdo tratando de “acomodar” el auto junto con el volante, el Flaco transitó Ascari de manera espectacular. No sé si desde afuera se vio algo distinto a lo habitual. Desde adentro todo es totalmente diferente.

Las manos aferradas al volante, la pedalera ejecutada como si fuese el teclado de un piano, la velocidad se acrecentó para apuntar, desde lejos y ya con Ascari en el pasado, rumbo a la Horquilla. Los rebajes sonaron con una sincronización fantástica, como si fuese su auto de pruebas cotidiano. De lo más alto a lo más bajo para doblar la clásica curva ascendente y otra vez mano derecha accionada para subir cambios en plena recta principal.

Otra vez la vuelta para disfrutar a pleno. Desde allí adentro se observan las miradas de quienes se cuelgan desde el alambrado de la calle de boxes para ver al campeón. Y uno, como testigo privilegiado, percibe esa admiración que brota de cada rincón.

Otra vuelta de maravillas. Todos los sentidos tratando de guardar cada instante, junto con el celular que tenía en la mano para que esas vueltas queden inmortalizadas.

Finalmente llegamos al box. Se apagó el motor y ese silencio es maravilloso. Nos quitamos los cascos y lo miro aguardando algún comentario: “Bien, ¿no?”, comenta el Flaco, casi de forma canchera. “Estás para correr”, le respondo. “¡Ni loco!”, responde como parte de un diálogo coloquial.

“Las diferencias son obvias entre este Peugeot 408 y el 405 con el que salí campeón hace más de 20 años. La tecnología fue progresando por supuesto se nota”, comentó Traverso. Al preguntarle con cuál de los dos autos se queda, el Flaco fue terminante: “Me quedo con el que tengo yo en el estacionamiento. Tiene una butaca cómoda y aire acondicionado. A esta altura ya no cambio eso por nada”, bromeó.

Una experiencia distinta e inolvidable con Juan María Traverso, con quien alguna vez compartí como acompañante toda una jornada de pruebas en el autódromo de Olavarría en uno de sus regresos al Turismo Carretera. Esta vez, el marco fue diferente: en la previa de los 200 Kilómetros de Buenos Aires, en el Gälvez, su vuelta a las pistas, aunque sea en una exhibición, con una de las grandes leyendas del automovilismo nacional.