¿SE PODRÍA HACER QUE VALGA?

¿SE PODRÍA HACER QUE VALGA?

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El humo blanco huye, quiere escaparle a la enorme presión a la que Mariano Altuna somete a su neumático delantero izquierdo. La presión de freno es máxima y el espacio más que escaso en esa última curva del campeonato.

Queda una recta más, pequeña; allá a unos 200 metros espera la gloria, o como en El Estanciero, el marche preso.


Altuna va, después de correrlo para hacerse el hueco se le pone a la par al máximo Rey del TRV6 y le propone una picada final. Doble o nada pareciera gritarle por la ventanilla. Y Canapa no tiene más opción que aceptar. Los dos pies derechos hunden la chapa del piso de sus Top Race. No hay más para ninguno de los dos. Ahora sólo se trata de mañas.

Altuna va. Un pontonazo, otro. Canapino resiste los embates y su vista va y viene frenéticamente de su lateral al frente, del frente a su lateral. Son cuatro los ojos que lo único que quieren es que el parante delantero de su auto este un milímetro adelante del de su rival.

Son apenas diez segundos de frenesí; Más, un poco más por favor parecieran suplicar todos los presentes. Los dos pilotos ahí arriba, sabiendo que no hay después; todos nosotros abajo. Los unos y los otros. Son dos equipos que empujan su máquina con los ojos, apretando el imaginario acelerador contra el asfalto, presionando el puño, agitando el brazo enloquecidamente; si hasta pareciera que el griterío suena más fuerte que esos dos motores entregando todo lo que tienen. 

Pipa Anselmo baja la cuadriculada, los dos autos cruzan la línea de llegada y en ese mismo instante todo se detiene. Es una milésima, un segundo de silencio, de extraña quietud después del éxtasis. Todas las miradas apuntan a los monitores donde el clasificador dará su veredicto. ¡Pero no se actualiza!

Esa espera fue menos de un segundo, pero pareció una hora. Si hasta me sobró tiempo para pensar cuánto había pasado desde que a estos dos locos se les ocurrió no doblar en la curva 1 y seguir su mano a mano por la ladera del cerro San Bernardo, mientras clamaban por una respuesta de su equipo. El silencio en sus radios es eterno. No hay noticias ¡esa pantalla no se actualiza más!

Finalmente sale la imagen. Son apenas 009/1000 las que separan al ganador del perdedor. Los sensores tomaron lo mismo que se había visto desde la cámara de Nuncio, allá arriba de la montaña. ¡Ganó Altuna! El Mono cruzó apenas adelante del Mercedes TRV6 pintado con el 86. Es el Campeón 2017... pero varios sabemos que no será así.

La historia posterior ya es conocida. A Ariel González no le quedaba otra opción que recargar a Altuna. El toque de atrás existió, el auto de Canapino se corrió debido a esto y por ello Altuna pudo ponersele a la par. Sí, todo esto es cierto. Así está escrito en el RDA (Reglamento Deportivo Automovilístico). Altuna será puesto detrás de Canapino, y en definitiva está bien porque incumplió la ley.

Está claro que a nadie le gusta perder, y mucho menos si es con una pequeña trampa, como puede ser un toque certero que te desacomoda al momento de acelerar. Porque es cierto que por el toque tenes que esperar para acelerar, y que esa espera le da a tu rival la chance de ponerse a la par. Sí, es cierto. Pero todo esto es tan cierto como aburrido.

Hace años que nos preguntamos qué le pasa al automovilismo. Cuál es el virus que lo está debilitando. Y quizás este sea uno de ellos. Porque hoy los autos son técnicamente tan buenos que si no hay error, o permiso del piloto superado, los sobrepasos son difíciles.

Me pregunto que preferimos aquellos que miramos carreras. Esas emociones o la sensación de perfección con la que hoy en día giran los autos, con choferes tan eximios como los que hoy tenemos.

La primera respuesta a esto es lógica: hay que cumplir la ley, porque si hoy se permite eso, mañana se irá por un poco más. Es cierto. Pero me permito preguntar si no se podría reescribir un artículo del RDA  y poner en claro que si no lo saca de pista, y el Comisario Deportivo lo considera dentro de esta nueva regla, empiece a valer.

Este domingo Altuna lo tocó a Canapino, pero no lo tiró al pasto, no lo sacó de la pista. Hizo lo apenas suficiente para regalarnos un final épico, esos que antes veíamos un poco más a menudo y que hoy sólo podríamos ver en las películas.

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