A 20 años de la partida del ídolo uruguayo Gonchi Rodríguez

El 11 de septiembre de 1999, Gonchi murió al accidentarse en una clasificación del CART, en Estados Unidos. Su figura se agiganta con el tiempo.

Tarde calurosa en el circuito El Jagüel, en Uruguay. Allí la extinta categoría Turismo Sudamericano realizó una exhibición aprovechando el verano oriental. Desde Punta del Este llegaba Gonzalo Rodríguez. “Gonchi”, para todos. Cuando el apodo supera al nombre, la trascendencia es inevitable.

Para todos era el gran ídolo. Quien podía, casi de manera impensada, llevar al automovilismo uruguayo a lo más alto del automovilismo internacional. Rodríguez venía de terminar tercero en el campeonato de la Fórmula 3000, la entonces antesala de la Fórmula 1, con una victoria tan resonante como emotiva en las soñadas calles de Mónaco.

El buzo antiflama le quedaba holgado. La cintura parecía no ajustarse a los cánones que establecen las normas del alto rendimiento deportivo. “Pinta de piloto no tenés...”, le pregunté en aquella entrevista en el apacible atardecer uruguayo, en medio de una entrevista risueña, con la confianza que otorgaba aquel acompañamiento a los pilotos argentinos y sudamericanos en la temporada 1998 en Europa.

“Varios me dicen lo mismo. Será por eso que sorprendí tanto en Europa. Ojalá siga asombrando”, fue su respuesta que se publicó en el diario La Nación.

Tras deslumbrar en el karting local, Rodríguez se fue a Europa, donde compitió en la Fórmula Ford y Renault españolas. Luego pasó a Inglaterra, a la Fórmula Renault, 3 y 2 británicas. Y de allí, a su exitoso paso a la Fórmula 3000, donde fue compañero de equipo del argentino Gastón mazzaane en el Astromega y supo ganar en Spa-Francorchamps y en Nürburgring, además de aquella victoria en Mónaco. Los lugares emblemáticos parecían estar hechos a la medida del uruguayo.

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“Gonchi” había ganado la exhibición con un BMW, delante de Oscar Fineschi y de Aníbal Zaniratto. Opinaba de las posibilidades de Norberto Fonatana, del asombroso retiro de Esteban Tuero, de una llamada de Giancarlo Minardi para probar un Fórmula 1, y de la invitación de Roger Penske para correr en el CART. Se le abrían todas las puertas a Rodríguez.

Siempre de buen humor, la sonrisa era la carta de presentación del uruguayo, tan talentoso en las pistas como simpático y agradable fuera del auto. “Estoy en mi mejor momento, con la posibilidad de elegir mi destino”, ratificaba feliz.

Finalmente optó por el automovilismo norteamericano, en plena expansión. “A mí todo se me complica en el mundo de la Fórmula 1. Imaginate si a los pilotos argentinos se les hace cuesta arriba, yo por ser uruguayo estoy el doble de complicado”, comentaba en la intimidad. Buscaba el apoyo que por estas latitudes se dificulta.

El 11 de septiembre de 1999, estábamos en Monza. Una carpa recibía a los invitados de Ferrari, que celebraba los 70 años. En la puerta, el propio Luca Di Montezemolo extendía la mano y recibía a cada uno de los invitados, entre los que incluía a la prensa acreditada.

Sentados a la mesa donde nos ubicamos los periodistas latinoamericanos, el celular de un colega sonó y su cara se transformó. A través de aquella comunicación llegaba la peor noticia del otro lado del océano: la muerte de Gonchi Rodriguez, accidentado en la clasificación en el circuito de Laguna Seca, al despistarse en la curva de “Corkscrew”, a unos 260 km/h. Pegó contra un muro de contención y el auto pasó para el otro lado, dado vuelta. La muerte fue instantánea.

Uruguay despidió con sumo dolor a su gran ídolo. Hoy los restos descansan en el cementerio del Buceo, donde hoy en día recibe el cariño del público con ofrendas permanentes.

 Su hermana, Nani, fiel acompañante de su aventura deportiva, hoy dirige la Fundación Gonchi Rodríguez, con el objetivo de mejorar la seguridad vial en la región. La mejor forma de rendir homenaje a un piloto talentoso y a un muy buen chico que trascendió las fronteras del deporte uruguayo.