Charly Menditeguy, el “sportman” que conquistó sex symbols

Menditeguy fue campeón en polo, se destacó en golf, tenis, fútbol. Su pasión fue el Turismo Carretera y llegó a la F.1. Mirá el informe de La Otra Mirada:

¿Quién representa al deporte argentino? ¿Maradona, Fangio, Messi, Ginóbili, Vilas o tantos otros que integran el olimpo nacional? Sin embargo, hay un exponente que se lució en todo lo que jugó. Campeón, ganador, playboy, el rico de “sangre azul”, que conquistó Copas en equipos, trofeos individuales, idolatría, amores, amistades de la realeza. Hoy evocamos al gentleman de alta alcurnia y figura del verdadero “Sportman” argentino: Charly Menditeguy.

Personaje singular y pintoresco, Carlos Alberto Menditeguy Estrugamou nació en la Ciudad de Buenos Aires el 10 de agosto de 1915. Desde la cúspide de la alta sociedad porteña se lanzó al mundo del deporte con una personalidad avasallante, propulsada por un físico privilegiado y por una estima inigualable.

 

Se le animó a todo lo que quiso. Y a lo que sus amigos le apostaban. “Charly” integró el histórico equipo de polo El Trébol, ganador 5 veces del Abierto Argentino, y se destacó con una maravillosa habilidad en golf, fútbol, boxeo, tenis, billar, esgrima, pelota, squash. Sin embargo, a Menditeguy le apasionaban los caballos. Los que le permitieron alcanzar el 10 de hándicap en monturas de cuero, y los de potencia, en aquellos automóviles que coqueteaban con la muerte.

De extraña habilidad, su figura protagónica se convertía en experta, aunque no lo fuera. La primera vez que piso una cancha de golf, le confió a un amigo que ese deporte era muy fácil. Juan Segura, el mejor aficionado nacional de aquel entonces, lo desafió: en un año debía alcanzar allí el scracht. Menditeguy en apenas 9 meses lo había logrado. El gran Roberto De Vicenzo se asombró al decir que eso era un récord mundial.

Trepó al Top Five del ranking nacional de tenis, dejaba La Biela, donde trasnochaba en veladas de bohemia, bridge y bellas conquistas para llevar su distinción de rico y poderoso a salones terrenales para ser admirado por sus carambolas en billares populares.

Pero tenía un gran magnetismo por el peligroso mundo de la velocidad. Debutó en 1950 en el Torreón del Monje, con una Ferrari Sport. Pie de plomo, no aflojaba con el acelerador, aunque su principal virtud era estudiar minuciosamente cada circuito. “Voy a fondo como un loquito, pero sé lo que hago. El que improvisa, se mata”, sostenía.

En épocas en las que los extremos de la sociedad se mezclaban en la pasión por el viejo Turismo Carretera, Menditeguy alcanzó la popularidad sobre la base a su excéntrica personalidad y a los triunfos. Venció a los propios Emiliozzi en Olavarría, ganó en Arrecifes, la Vuelta Sierras de Córdoba, la Mar y Sierras, la Vuelta de Tres Arroyos, y se mostró líder en varios Grandes Premios. O en la llegada de 1957, que arribó en 3 ruedas para alcanzar el podio.

Corrió 10 Grandes Premios en la máxima categoría, hizo podio en Buenos Aires y extendió su estilo de bont vivant en Europa.

Su fama y un perfecto francés le abrieron puertas en Europa. Compartió cenas en Buckinham con la Reina Isabel de Inglaterra y entre sus aventuras amorosas, además de Bardot también se rindió a sus brazos Ava Gardner, “El animal más bello del mundo”, según Frank Sinatra.

En pleno partido de polo con el Duque de Edimburgo, se enteró de un accidente que sufrió Juan Manuel Bordeu en Silverstone. Su gestión permitió que el piloto argentino se recuperara en el mismo lugar donde se atendía la reina Isabel.

El propio Fangio ayudó a Menditeguy cuando se accidentó en Sebring y una auxiliar le salvó la vida al darse cuenta que aún estaba con vida tras ser despedido de la Maserati. La doble fractura de cráneo demandó semanas en coma y meses en terapia intensiva, hasta que viajó a la Argentina y continuó la recuperación en Bariloche. No pudo con su avidez deportiva: practicó esquí y ganó el Huemul de Oro.

“El Turismo Carretera fue lo que más quise en la vida, y lo que más disgustos me dio…”, solía repetir antes de su temprana muerte, a los 58 años, producto del Parkinson, el 28 de abril de 1973.

El TC le dio grandes alegrías. Y profundos dolores. Aquel Gran Premio de 1963 quedó en la historia, cuando Menditeguy, con un ritmo imbatible, estaba a sólo 16 kilómetros de la meta, en Arrecifes… Pero el motor se apagó como una vela. Increíble destino.

Se bajó del auto, prendió un cigarrillo y le pasó el encendedor a su acompañante, a quien le pidió que rocíe el auto con nafta y le ordenó aquella célebre frase: “Quemeló Linares, quemeló”.

Los notables perduran en el tiempo. Excéntrico, privilegiado, habilidoso, ganador, distinguido, único. Lo que se propuso, lo conquistó. Fue el referente aspiracional de generaciones, cuando la bohemia, la sangre azul y el espíritu deportivo permitieron al atleta traspasar aquello que parecía imposible. Charly Menditeguy, el “Sportman” del Siglo XX.