La Otra Mirada: Di Palma, el vuelo eterno del querido Loco

Se cumplen 20 años del adiós a un ídolo del deporte nacional: Rubén Luis Di Palma. Mirá video y el recuerdo de La Otra Mirada

El talento y el carisma conjugaron para transformarlo en ídolo. Al margen del automovilismo. Cuando sus maniobras y actitudes lo llevaron más allá de los parámetros de la velocidad y lo ubicaron en la cúspide del deporte nacional. Le decían el loco. Y como todo loco, era un distinto: Rubén Luis Di Palma.

¡Adelante, adelante, adelante el avión! Dobla el Pibe Di Palma y el público los saluda enloquecido…. Desde el aire se veía el auto derrapando en la tierra, y el público encendido ante su paso. El Pibe Di Palma, con apenas 19 años, despertaba admiración y curiosidad de expertos y profanos. Todo el mundo supo advertir, desde su aparición en el automovilismo, que en sus manos y sus reflejos había un piloto distinto, un virtuoso excepcional.

 

El chico del flequillo, en épocas que los 4 de Liverpool imponían estilos desfachatados para la época, asombra por su irreverencia. El jovencito desafiaba a los grandes, en edad y en magnitud deportiva, con desparpajo.En Arrecifes, donde aprendió a manejar a temprana edad en el campo, sabían que por condiciones y personalidad llegaría a lo más alto.

Y la consagración llego muy pronto, nada menos que con un triunfo en su propio pago y un inmediato ascenso al nivel de los grandes de entonces, los Emiliozzi, Bordeu, Pairetti, Casá, Alzaga, Cabalén y otros tantos ídolos de aquel momento de gloria del TC.

Su talento lo llevó a manejar cualquier vehículo. No había categoría que no estuviese a la altura. De los diversos caminos del TC, a las pistas con las fórmulas o los Sport Prototipo.Fue campeón reiterado. Mejor; el más campeón. Ganó un centenar de carreras de todo tipo porque a todo se atrevía. Turismo Carretera, Sport Perototipo, Fórmula 1 Nacional. Fue uno de los héroes de la Misión Argentina en Nürburgring y marcó el camino en el incipiente TC2000.

Fue tan grande que su figura estuvo por encima de las marcas. Su pasión por dominar la velocidad y las leyes de la física se compartía con el paciente y artesanal labor de la mecánica. Y la extendió en los aviones y los helicópteros. Todo lo que conducía parecía ser parte de su cuerpo. Esas maniobras en el aire o en la tierra, transmitían un control único, pese a la temeridad sus locuras.

Y como en las pistas sucedía lo mismo, los mejores se juntan con los mejores. Así conformó una sociedad deportiva inigualable con Oreste Berta, con quien supo de gloria. Tuvo altos y bajos familiares y económicos, pero nunca perdió ni el espíritu juvenil ni sus excepcionales condiciones de volante.

Aquel pibe del flequillo se hizo grande. Jamás perdió la humildad. Cuando llegó a la cúspide, o cuando los tropiezos de la vida lo bajaron de un hondazo. Su familia respiró automovilismo. Su esposa, La Tana, campeona de aguante y paciencia, hasta sus hijos y nietos, todos vinculados con los fierros.

Ganó a los 54 años en su querido Turismo Carretera, la misma categoría en la que asombraba por su juventud, ahora volvía a lograrlo, pero por su experiencia. Con los años bien vividos, dejaba un mensaje a la juventud en un podio pleno de emotividad.

De tanto ir y venir por el aire, la alegría se desplomó. Aquel 30 de septiembre de 2000, el helicóptero se descontroló por Carlos Tejedor cuando regresaba desde La Pampa a Arrecifes para buscar elementos y continuar con su pasión fierrera. Siempre se dijo que el Loco Luis tenía un ángel. Y quizá fue tiempo de seguir volando. Más alto de lo habitual, seguramente con su ángel.